
POR ERNESTO MONTOYA, DIVULGADOR, COMUNICADOR Y CREADOR DEL PROYECTO VIEJA TIERRA
Imagina que eres un ser vivo anclado a la tierra por un sistema radicular que no te permite moverte libremente, pero para que la especie a la que perteneces no se extinga tienes que ingeniártelas de mil maneras para reproducirte y conseguir que tu descendencia pueda desarrollarse con el hándicap de estar inmóvil. Desde el punto de vista humano, ¿qué harías?
Desgraciadamente, poco puede hacer un homínido atado sin poder moverse más que esperar una muerte lenta por inanición. Pero no es el caso de las miles de especies que conforman el reino Plantae, que han desarrollado multitud de estrategias para sobrevivir y reproducirse permaneciendo ancladas al sustrato.
Como sabéis, una de las características más conocidas de las plantas es su capacidad para realizar la fotosíntesis, un proceso extraordinariamente complejo mediante el cual utilizan la energía de la luz solar para sintetizar materia orgánica a partir de sustancias inorgánicas como el dióxido de carbono y el agua, gracias, entre otras cosas, a pigmentos fotosintéticos como la clorofila.
Pero más allá de la capacidad de un individuo para mantenerse con vida, existe otro pequeño problema. Hay que reproducirse. ¿Y cómo lo haces cuando no puedes levantarte para buscar pareja?
Pues delegando. Si tú no puedes desplazarte, quizás puedas conseguir que otra cosa lo haga por ti. Y aquí entra en escena una de las historias evolutivas más fascinantes del reino vegetal, la polinización. Este proceso, a grandes rasgos, podemos simplificarlo como el traslado de los granos de polen desde las estructuras masculinas de una flor hasta la parte receptiva de las estructuras femeninas, haciendo posible posteriormente la fecundación. Como las plantas no pueden desplazarse físicamente para llevar ese polen de un sitio a otro, han desarrollado múltiples estrategias para conseguirlo. Unas se valen del viento, otras del agua y muchísimas utilizan insectos u otros animales como auténticos taxistas del amor, que transportan involuntariamente el polen mientras se dan un festín entre flores.
Pero, una vez conseguida la fecundación, viene otro problema. ¿Cómo consigues que tu descendencia se aleje de ti si tú sigues sin poder moverte? Pues de la misma forma que con el transporte del polen, delegando esa difícil tarea de moverse del sitio. Aquí entramos en un terreno fascinante en el que las plantas han desarrollado diferentes estrategias de dispersión.
Las hay que utilizan el viento y poseen semillas o frutos especializados en aprovechar las corrientes de aire para llegar lejos del lugar donde se originaron. Esto se denomina anemocoria.
Otras muchas utilizan a diversos animales como medio de transporte, ya sea produciendo frutos vistosos y apetitosos para que se los coman y posteriormente defequen las semillas, o desarrollando estructuras capaces de engancharse al pelaje y ser transportadas largas distancias. En estos casos hablamos de zoocoria.
Y otras son capaces de dispersar las semillas por sí mismas, como Ecballium elaterium, popularmente conocido como pepinillo del diablo, que genera unos frutos que son auténticos cañones de semillas. Cuando alcanzan la madurez suficiente, expulsan a presión su contenido y lanzan las semillas a cierta distancia. En este caso hablamos de autocoria.
Todas estas técnicas y formas distintas de dispersar semillas y frutos son apasionantes, pero hay una que a mí me llama especialmente la atención, la hidrocoria, es decir, la dispersión de semillas o frutos a través del agua.
Y en el caso de las plantas a las que vamos a dedicar este artículo, los cocoteros, encontramos un caso particularmente llamativo, la talasocoria, la dispersión a través del mar. Algo que requiere frutos capaces de soportar durante cierto tiempo las condiciones del medio marino, mantenerse a flote y, lo que es todavía más importante, conservar una semilla viable después del viaje. Y para conseguirlo, los cocos son auténticos barcos biológicos.
Vamos a centrarnos concretamente en Cocos nucifera, una palmera de la familia Arecaceae con la que tenemos bastante relación precisamente por sus frutos, que podemos encontrar fácilmente en supermercados para su consumo. Lo que conocemos como coco es una drupa fibrosa y, si la analizamos con detenimiento, descubrimos una estructura increíblemente preparada para viajar por el agua. Si abrimos un coco completo como una tarta encontraremos cuatro grandes capas formando su pericarpo, el exocarpo, el mesocarpo y el endocarpo.
El exocarpo constituye la capa más externa y relativamente fina del fruto. En los cocos inmaduros suele presentar una coloración verde o amarillenta que cambia durante la maduración. Inmediatamente debajo encontramos un grueso mesocarpo fibroso, la llamada estopa del coco. Esta envoltura fibrosa, gruesa y ligera desempeña un papel fundamental en la flotabilidad y, además, actúa como protección mecánica frente a los golpes que el fruto puede sufrir durante su transporte.
Más al interior nos encontramos con el endocarpo, una durísima cubierta lignificada y leñosa que identificamos fácilmente como la característica cáscara marrón del coco. Cuando compramos un coco en un supermercado, buena parte del exocarpo y del mesocarpo originales ya han sido retirados, por lo que lo que tenemos entre las manos es fundamentalmente ese endocarpo leñoso con la semilla protegida en su interior. Esta capa funciona como un auténtico escudo frente a golpes y contribuye a aislar y proteger la semilla durante el transporte.
La combinación de todas estas estructuras permite que el fruto completo pueda flotar, soportar golpes y permanecer expuesto al medio marino durante un tiempo considerable. Pero para realizar un largo viaje por el mar no basta contener un buen barco. También necesitas víveres con los que mantenerte. Y aquí entra en juego la parte interna del fruto.
Protegida por ese endocarpo leñoso encontramos la semilla propiamente dicha, recubierta por una fina cubierta seminal o testa. Buena parte de su interior está ocupada por el endospermo, un tejido de reserva cuya función será fundamental cuando llegue el momento de germinar.
Lo curioso del coco es que este endospermo se presenta de dos formas muy diferentes. Por un lado tenemos el endospermo sólido, la característica pulpa blanca que todos conocemos porque es la parte comestible del coco y que se va formando sobre las paredes internas durante el desarrollo del fruto. Es un tejido rico en sustancias de reserva, especialmente lípidos, que posteriormente podrán ser aprovechadas durante el desarrollo de la nueva planta. Y en el centro queda una cavidad parcialmente ocupada por la conocida agua de coco, que no es otra cosa que el endospermo líquido de la semilla.
Nuestro barco biológico, por tanto, no solo posee una estructura preparada para flotar y protegerse de los golpes. En su interior transporta una semilla protegida y acompañada de una importante reserva de nutrientes que podrá utilizar cuando finalmente encuentre un lugar adecuado para germinar.
Y aquí aparece otra de las curiosidades del coco. En uno de los extremos del endocarpo encontramos tres marcas características, los famosos tres «ojos» del coco. De esos tres poros, uno es funcionalmente germinativo y está asociado con la posición del embrión. Será por esa zona por donde comenzará a abrirse camino la nueva planta cuando se den las condiciones adecuadas.
Durante la germinación, además, el coco desarrolla una estructura muy peculiar. El cotiledón forma en el interior un tejido esponjoso denominado haustorio cotiledonar, que va creciendo dentro de la cavidad mientras absorbe y moviliza las reservas del endospermo. Es lo que popularmente se conoce como «manzana de coco» o coco germinado. Gracias a esas reservas, la joven plántula puede comenzar su desarrollo mientras establece sus primeras hojas y raíces.
Así que el coco lleva prácticamente todo lo necesario para emprender el viaje. Una cubierta fibrosa que favorece la flotación y amortigua golpes, un endocarpo duro que protege la semilla y una enorme reserva energética esperando a ser utilizada cuando llegue el momento de germinar.
Sin esta extraordinaria capacidad viajera de los cocos, Chuck Noland hubiese muerto de hambre y sed, y la película de Náufrago (Robert Zemeckis, 2000) no hubiese dado ni para un corto.
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