
Por Nadia Magalí Robaldo Fittipaldi, Bióloga e Investigadora en la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina, con contacto en Nadia.robaldo@uncuyo.edu.ar
INTRODUCCIÓN
En el océano habita una especie que, a lo largo de la historia, ha sido comparada con nosotros. Y quizás estemos más cerca que nunca de poder charlar con ella. Los delfines — mamíferos de extraordinaria complejidad cognitiva, con estructuras sociales que recuerdan a las nuestras y un papel crucial como centinelas del estado del océano — llevan décadas fascinando a la ciencia. Ahora, la inteligencia artificial podría estar abriendo una puerta inédita: la comunicación entre especies.
De entre las más de 90 especies de cetáceos, la que concentra mayor atención científica es Tursiops truncatus, el delfín mular o nariz de botella. Probablemente es el que viene a tu mente al pensar en un delfín: gris, sonriente, saltarín. Pero lo que lo hace verdaderamente especial para los biólogos marinos no es su carisma, sino una combinación de aprendizaje vocal sofisticado, inteligencia social y adaptabilidad evolutiva sin par. Es, en cierta forma, el “humano” del mundo delfín.
EL MUNDO DELFÍN
Un delfín es un prodigio biológico: depredador de sangre caliente con un cerebro hiperdesarrollado, respiración consciente, sonar biológico de precisión milimétrica, y piel autolubricante. Cada uno de estos rasgos tiene implicancias en cómo se comunica.
No tienen orejas externas, ni nervio olfativo, ni lóbulos olfativos: su mundo sensorial está dominado por el sonido. Su sistema de ecolocalización — el biosonar — funciona a través del melón, un órgano graso en la frente que actúa como lente acústica. El delfín genera clics de alta frecuencia en sus fosas nasales; el melón enfoca esos sonidos en un haz direccional, como una linterna sónica. Luego, la grasa de su mandíbula inferior vibra y conduce el eco directamente a su oído interno. Una maravilla!
Dato clave: Mientras el oído humano percibe hasta ~ 20 kHz, los delfines operan de forma rutinaria entre 1 kHz y 150 kHz — el espectro ultrasónico. Por eso su estudio requiere equipos especializados y análisis visual de espectrogramas.
Y como si todo esto fuera poco: nunca duermen. Dado que cada respiración es un acto consciente, dormirse por completo significaría ahogarse. Su solución evolutiva es el sueño unihemisférico: descansan un hemisferio cerebral a la vez, manteniendo el otro activo para respirar y vigilar depredadores.
VOCALIZACIONES: ¿UN LENGUAJE?
El repertorio acústico de Tursiops truncatus se divide en dos grandes categorías: los silbatos tonales y las señales pulsadas. Dentro de estas últimas se incluyen los clics de ecolocalización, los burst-pulses (ráfagas de pulsos en contextos de agresión o interacción social) y los feeding buzzes (trenes rápidos de pulsos durante la captura de presas).
Quizás el hallazgo más llamativo para el público general sea el de los silbatos de firma: una identidad acústica única que cada delfín aprende de su madre y mantiene estable durante toda la vida. Son, en esencia, sus nombres. Pero el nivel de sofisticación va más allá: cuando dos delfines mulares forman una alianza estrecha, aprenden a imitar el silbato del otro. No solo lo reconocen — lo producen. Es como si pudieras llamar a tu amigo reproduciendo exactamente su propia voz.
Esta capacidad de aprendizaje vocal — adquirir y modificar sonidos a partir de la experiencia — es extremadamente rara en el reino animal y es uno de los requisitos previos que los lingüistas consideran necesarios para el lenguaje complejo.
POLÍTICA, EMPATÍA Y CONFLICTO
Los delfines mulares viven en sociedades de fisión - fusión: grupos que se separan y reúnen constantemente, con alianzas estratégicas en múltiples niveles. Se han documentado coaliciones de primer, segundo y tercer orden — grupos que cooperan para defender recursos o acceder a hembras — en una estructura de política social que los investigadores comparan con la nuestra.
Las vocalizaciones acompañan y refuerzan estas dinámicas. Por ejemplo, los delfines con vínculos débiles se esfuerzan más por sincronizarse — acústica y físicamente — para “reparar” su alianza, como si se esforzaran por “hacerse amigos”. También se han documentado cambios drásticos en el repertorio acústico ante situaciones de estrés: silbatos de duración inusual, llamadas “aberrantes” asociadas a alta excitación emocional, y vocalizaciones sincronizadas (squawks) para coordinar ataques. El conflicto, en los delfines, es una actividad emocionalmente cargada y altamente organizada.
También se han observado conductas aloparentales — individuos que cuidan crías que no son suyas — y comportamientos de contacto afiliativo (caricias, roces), forman verdaderas comunidades, con códigos sociales visibles. Y hay algo más, la capacidad de comprender el rol del otro en una tarea cooperativa es un pilar de la empatía, y los delfines mulares lo han demostrado, al menos, en condiciones experimentales controladas.
DOLPHINGEMMA: ¿EL PRIMER PASO HACIA LA TRADUCCIÓN?
En 2025, Google lanzó DolphinGemma, un modelo de inteligencia artificial desarrollado en colaboración con el Wild Dolphin Project (WDP) y el Georgia Institute of Technology. Es la herramienta más ambiciosa desarrollada hasta la fecha para analizar, modelar e imitar los patrones de comunicación de los delfines.
Pero para ser precisos, DolphinGemma no es un traductor. No hay un “Google Translate” que convierta un silbido en “mira, un pez grande”. El lenguaje de los delfines — si es que existe como lo concebimos — sigue sin descifrarse. Lo que el modelo hace es identificar estadísticamente qué sonidos tienden a co - ocurrir o en qué contextos aparecen: detecta patrones, no significados.
El verdadero avance es que por primera vez, es posible construir un modelo interactivo de comunicación: predecir y responder dentro de un conjunto cerrado de sonidos en contextos definidos. Es el primer paso hacia una “conversación” rudimentaria entre especies.
Más allá de los delfines, los modelos entrenados para comprender señales no lineales, ultrasónicas y variables en contexto tienen aplicaciones en el análisis de señales sísmicas, astronómicas, y posiblemente en la interpretación de patrones cerebrales humanos (EEG). La ciencia básica y la aplicada rara vez están tan entrelazadas.
Pero vale la pena pensar, ante la posibilidad de un software que nos permita entender mejor lo que “dicen”, los delfines,
“¿Qué pasaría si descubriéramos que los delfines hablan de sus muertos, sus alianzas y su miedo al mar que se calienta?”
¿QUEREMOS ESCUCHARLOS?
Si los delfines tienen un sistema de comunicación rico — aún sin descifrar, posiblemente sin gramática como la nuestra — la pregunta no es solo técnica. Es: ¿Cómo piensan? ¿En imágenes sónicas? ¿En emociones? ¿Existen pensamientos complejos sin palabras humanas?
Y si los descifrásemos, ¿Qué nos dirían? ¿Hablarían de sus muertos, de sus alianzas, del mar que se calienta? ¿Querrían hablar con nosotros? ¿Podríamos soportar lo que tienen para decir sobre lo que hacemos con el océano?
Y quizás la ciencia aún sin haber llegado a ese punto debe comenzar a dialogar con la filosofía, con la sociedad y con la política. Porque,
La comunicación interespecie no es solo un logro tecnológico. Es una pregunta ética que apenas estamos empezando a formular.
Las herramientas existen — o están en camino. El monitoreo acústico pasivo (PAM), los dtags multisensores, las balizas biomiméticas para evitar capturas accidentales (bycatch) y ahora los modelos de IA nos acercan a una especie que lleva millones de años perfeccionando un sistema sensorial y social que apenas comenzamos a comprender. La pregunta ya no es solo si podemos escucharlos. Es si estamos listos para hacerlo.
Lo que sí podemos hacer hoy es seguir asombrándonos con esta especie marina que nos sigue generando preguntas, sobre ellos y sobre nosotros.
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